Unos meses atrás, alguien me contó que sufría una extraña sensación con las alturas. No era capaz de asomarse por el balcón sin marearse, sin que la visión se le enturbiara, o que las ganas de vomitar hicieran erupción, pero a la vez gozaba con imaginarse la caída y la manera en que su cuerpo golpearía en la vereda. El peligro asociado al deseo. Generé empatía con él mientras lo escuchaba, ya que me sucede algo similar cuando veo las cosas desde arriba. El vértigo y la fantasía están presentes, y se mezclan entre sí, bosquejando una escena continua de un cuerpo suspendido en el aire por unos segundos, que tiempo después yace sobre el asfalto.
Pero mis pensamientos prosiguen más allá: una vez muerto, ¿quiénes asistirían a mi funeral? Cuáles de todos mis amigos, conocidos y familiares me llorarían. Aunque lo más importante no son quiénes, sino cuándo. Las paradojas de la vida: un velorio es una es de esas pocas circunstancias que sirven para que uno compruebe fehacientemente quiénes son realmente los afectos más cercanos y sinceros, que lloran sin consuelo por la pérdida humana. Pero, claro, si uno está dentro del cajón, es un poco tarde para saberlo.
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Conmigo no cuentes, sospecho que caigo antes que vos. Eso sí, siempre y cuando uses casco.
ResponderEliminarChe, yo tengo miedo a las alturas, y siempre me imagino que caigo. Pero no me da placer. Además, en mi curiosidad por saber que pasaría, mi imaginación me marca que siempre hay una escapatoria. De hecho, en mis alucinaciones, siempre de alguna forma zafo de la muerte (reboto en un cable, en un arbol, en el techo de un auto, caigo parado, etc).
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