viernes, 22 de enero de 2010
Hablando de la vida y de la muerte
Unos meses atrás, alguien me contó que sufría una extraña sensación con las alturas. No era capaz de asomarse por el balcón sin marearse, sin que la visión se le enturbiara, o que las ganas de vomitar hicieran erupción, pero a la vez gozaba con imaginarse la caída y la manera en que su cuerpo golpearía en la vereda. El peligro asociado al deseo. Generé empatía con él mientras lo escuchaba, ya que me sucede algo similar cuando veo las cosas desde arriba. El vértigo y la fantasía están presentes, y se mezclan entre sí, bosquejando una escena continua de un cuerpo suspendido en el aire por unos segundos, que tiempo después yace sobre el asfalto.
Pero mis pensamientos prosiguen más allá: una vez muerto, ¿quiénes asistirían a mi funeral? Cuáles de todos mis amigos, conocidos y familiares me llorarían. Aunque lo más importante no son quiénes, sino cuándo. Las paradojas de la vida: un velorio es una es de esas pocas circunstancias que sirven para que uno compruebe fehacientemente quiénes son realmente los afectos más cercanos y sinceros, que lloran sin consuelo por la pérdida humana. Pero, claro, si uno está dentro del cajón, es un poco tarde para saberlo.
Pero mis pensamientos prosiguen más allá: una vez muerto, ¿quiénes asistirían a mi funeral? Cuáles de todos mis amigos, conocidos y familiares me llorarían. Aunque lo más importante no son quiénes, sino cuándo. Las paradojas de la vida: un velorio es una es de esas pocas circunstancias que sirven para que uno compruebe fehacientemente quiénes son realmente los afectos más cercanos y sinceros, que lloran sin consuelo por la pérdida humana. Pero, claro, si uno está dentro del cajón, es un poco tarde para saberlo.
Hace unos día pagué la factura del celular en el Pago Fácil. Me sentí un boludo haciendo la cola, cuando con la tecnología de hoy podés hacerlo en tu casa, en bolas, con un vaso de daikiri de durazno en la mano.
Encima, la cola era tan larga que seguía por fuera del local, bordeando un costado de la entrada y continuando hacia el lado de la esquina.
Me sentí el último boludo de un cordón humano de boludos, que no tuvo la satisfacción de encontrar a alguien detrás, en peor situación, de quien reírse.
Encima, la cola era tan larga que seguía por fuera del local, bordeando un costado de la entrada y continuando hacia el lado de la esquina.
Me sentí el último boludo de un cordón humano de boludos, que no tuvo la satisfacción de encontrar a alguien detrás, en peor situación, de quien reírse.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
La tormenta pasó
Debimos evacuar la isla por la lluvia de estas últimas semanas. Pero ahora ya estamos de vuelta.
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